Para unos, la bachata es el colmo de los males musicales del país; para otros, la tabla de salvación del folklor dominicano. Uno y otro grupo se disputan acremente la razón en cuanto al contenido lírico y la composición musical del polémico ritmo.
Quien redacta no es abanderado de ninguno de los bandos en disputa, pues nuestro gusto musical es tan abierto y variopinto como la raza misma a la que orgullosamente pertenecemos. Así que en esa estéril polémica poco es lo que podemos aportar. Más bien dedicaremos las próximas líneas a un análisis breve sobre el efecto que tiene el conspicuo sonido de la bachata en los ciclistas de montaña, durante los diferentes recorridos que hacemos por la geografía nacional.
No bien deja atrás el asfalto citadino y se adentra en los polvorientos - o fangosos - caminos rurales, jamás volverá usted a escuchar otra música que la originada por José Manuel Calderón. A menos, claro está, que disponga de un sistema de sonido particular, como una “aipo” o algo así. De manera que si era usted de los que denostaban el popular ritmo de la bachata, pronto se verá compelido a tararear una que otra pieza de moda grabada bajo esta modalidad.
Y es que la polémica sobre la bachata como expresión musical autóctona, es un tema exclusivo de los ambientes capitalinos, pues en los pueblos del interior y los parajes que circundan a la ciudad esto no está sujeto a discusión: es la bachata la que ocupa el 99.9 por ciento de los aparatos de audio.
Resulta que cuando uno está perdido en medio de la nada; cuando los “pro” se han adelantado por varios kilómetros y los chongos se han rezagado detrás por otros tantos, es posible sentir que nos hemos quedado totalmente solos en el mundo y, de hecho, se presenten los primeros síntomas de una modalidad de “pájara” que provoca depresión en el ciclista; cuando usted mira hacia el sur creyendo que es el norte y viceversa; cuando el sol cae totalmente vertical sobre su ya maltratada piel; cuando la deshidratación le hace jadear cual lagarto de dunas, ¡qué bien se siente uno al escuchar a lo lejos el tin-cun-tin, tin-cun-tin… que indica la proximidad de un poblado y con él el consabido establecimiento de expendio de alimentos y bebidas!
Cuando ninguna luz se ve al final del túnel, cuando se piensa que la única salida es la muerte, y de pronto se puede percibir a lo lejos el silabeo mono tónico de una guitarra, unido al tableteo de un par de bongós y el rasgado inmisericorde de una güira, es cuando uno aprende a tomarle cariño a esos sonidos, que en la ciudad son normalmente odiados. Hay quienes, incluso, en pleno recorrido se han deshecho de sus modernos equipos de audio, en procura de poder salir de los arrabales siguiendo el sincopado sonido de una bachata.
¿Quién no se ha visto al borde de la desesperación en medio de un camino cuya salida desconoce? Incluso, puede que el camino sea conocido, pero se haya olvidado la rigurosidad del desafío. En más de una ocasión hemos llegado a afinar nuestros oídos, en busca de detectar a kilómetros de distancia el runruneo de motores y bachatas que nos indiquen que estamos próximos a un poblado, en el cual de seguro podremos mitigar la sed, tomar un respiro y peguntar por una salida a la gloria.
La bachata se ha convertido entonces en un dulce sonido para los ciclo-montañistas de la República Dominicana.
Por: Víctor Espinal